lunes, 7 de diciembre de 2015

Adiós al otoño

Adiós al otoño. Se va, como tantos otros que ya se han ido. Es una estación melancólica a pesar de que toda ella estalla y se inunda de color. Es, sin duda, el tiempo que precede al sueño, el adiós a la vida, pero no cabe duda que es una despedida grandiosa. Y, lo es, aquí en Galicia si nos obsequia con días luminosos y claros sin  lluvia, como ha sido este que nos abandona.
En Galicia, otoño, es sinónimo de magostos y sin duda la castaña es la triunfadora de esta época del año.
Es preciosa, tiene una piel digna de las mejores reinas. De color tostado, brillante y suave, fruto de los enormes castiñeiros que pueblan Galicia.
 Ha estado protegida durante todo el verano por su capa espinosa, primero verde de suaves púas y a medida que el calor ha ido desapareciendo se ha tornado de amarillo ocre y al fin ha terminado por desprenderse del castaño para caer al suelo donde finalmente, su erizo, ya de color oscuro, se ha abierto por fin, ofreciéndonos su precioso y rico tesoro.
El souto  es el lugar del castiñeiro, el árbol indispensable de  la aldea de media montaña, que sirvió de alimento en muchos hogares gallegos.

Evocan siempre recuerdos, recuerdos de bolsillos calientes y de cara fría, de aromas a leña y a fruto tostado que las castañeras ofrecían en cualquier esquina de una plaza. Aquellos cucuruchos nos calentaban las manos y nos quemaban la boca porque eramos incapaces de esperar a que se enfriaran. Entre risas, íbamos corriendo la calle con las castañas calentitas y el frío de la noche pegado en el rostro.

Quizá sea este un oficio tan antiguo como nuestra memoria nos permita recordar. Es inevitable asociar la llegada del otoño, con la aparición en las calles y plazas del castañero. Hace años vender castañas asadas en la calle, era oficio de mujeres.
Solían ser mujeres curtidas por el frío helador, que en esos años era propio de los inviernos en gran parte del noroeste de España. Eran personajes entrañables y conocidas en los barrios y plazas. Con el paso de los años este oficio estuvo en decadencia llegando casi incluso a desaparecer en muchas ciudades.
El hombre se alimentó de la castaña desde tiempos que ya ni podemos recordar. El castaño fue llamado por los romanos "el árbol del pan" pues se hacía harina de las castañas secas para alimentarse durante todo el año, formaban parte importante de la alimentación de los pueblos de montaña, hasta la llegada del maíz y la patata. En los cultos celtas, el castaño era venerado por sus druidas, junto al roble, el laurel y el tejo formando parte del bosque sagrado.

Las castañas son la paz
del hogar. Cosas de antaño.
Crepitar de leños viejos,
peregrinos descarriados.

Federico García Lorca

Y así, con esta luz dorada y con el aroma de la leña inundando el hogar otro otoño se va.



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