martes, 29 de septiembre de 2015

La playa y el mar

Hacía días que no bajaba a la playa. La mañana se presentaba hermosa. Estaba gris, pero no amenazaba lluvia; aunque, por si acaso, metí en el coche el chubasquero ya que tardo una hora en ir y volver de un espigón  a otro.
La playa estaba como a mí me gusta: prácticamente desnuda; algún que otro paseante como yo y poco más. Hermosa, adornada con cintas de algas brillaba bajo una grisácea luz. La arena estaba blanda y caminar así supone un gran esfuerzo: los pies se hunden profundamente, más, que si la arena está firme y se siente como el agua mezclada con la arena se escurre entre los dedos.

Olía a sal, a brisa húmeda... Iba descalza. El mar agitado, estaba gris; las mareas vivas ya habían llegado. Abrazaba a la arena de la playa como si quisiera llevársela con él -mar adentro-donde, solos estuvieran abrazados en una abrazo sin fin, eterno. Era doloroso como el mar subía llamándola, buscándola. Y ella, empapada de mar, lloraba y dejándose acariciar, se quedaba envuelta en su danza. Las huellas de las pisadas eran sus lágrimas...

Después me fui. Ella se quedó desierta, llamándole.

Nada como un tango para representar la danza del mar y la playa cuando sube la marea.

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